Estambul, de camino a Oriente (Parte II)

Por Macarena Iglesias Gualati

(Cont)….Y como si todo esto fuera poco, Estambul no se agota nunca, llegué en Ramadán y Estambul era una verdadera fiesta nocturna. Mientras que por el día parecía más bien una ciudad fantasma. Durante el ramadán los musulmanes ayunan desde el alba hasta el atardecer. Es el único mes venerado en el Corán. Un mes donde los pecados son perdonados, donde uno aprende sobre el control del cuerpo y a ser más solidario. El profeta del Islam dijo: “Ramadán es uno de los nombres de Dios. Si el valor de este mes fuera conocido por la gente, todos desearían que todo el año fuera Ramadán”.

Horas antes de que se ponga el sol empiezan los preparativos, hacen fila para conseguir su deseado plato de comida del día y esperan sentados en la mesa junto al plato, hasta que la mezquita anuncie el momento exacto en que el sol se oculta bajo la Tierra y así darle comienzo al festín. En ese momento, aquella ciudad, que parecía abandonada durante todo el día, se transforma en una verdadera fiesta de música, festejos y comida que dura toda la noche hasta el amanecer. Son las 12 de la noche y la gente paseando, los niños jugando a la pelota en la plazas, cantos, gritos por doquier en plena medianoche, cual si fuera mediodía.

Como me hospedé en frente del parque Sultanahment (antiguo hipódromo bizantino del que ya no queda nada), estaba en el epicentro de la fiesta. Es decir, que el primer gran desafío de este viaje fue dormir por las noches. Gritos, gente comiendo y las 3 mezquitas que me rodeaban, a todo trapo. Realmente se lo festejaban a lo grande. Pero tal era el evento, la música, las cosas pasando, totalmente nuevas para mí, que tampoco me quería ir a dormir tan rápido. Aunque debo admitir que no tenía ni idea que aquella semejante celebración me esperaba a la salida de casa. Elegí ese lugar por la terraza con vistas a la Blue Mosque y el Mar Mármara. Y además de esto, me encontré con el evento más grande del año.

El mar Mármara es el más pequeño del mundo. Está conectado con el mar Negro a través de río Bósforo, que funciona de límite entre Europa de Asía y hace de Estambul una ciudad transcontinental. Dar un paseo por el Bósforo es una de las actividades más especiales y mágicas que se van a llevar de la antigua Constantinopla. No sólo por las vistas maravillosas. Es ir de un mar a otro estando en Europa y Asia al mismo tiempo, jugando en el límite, y ver con claridad y desde un mismo punto, dos continentes sumamente diferentes. Así que me subí al barco en Europa, navegué por los límites continentales y bajé del otro lado, en Asia. Y nunca me fui de Estambul.

¿Cómo puede ser que, en lo que es un límite arbitrario, un río de menos de 4 kilómetros en su parte más ancha, se marque tanto la diferencia que guardan ambos continentes? Pues sí, que al otro lado del Bósforo sea Asía, no es sólo una cuestión nominal. Es otro continente en todos los sentidos. La Estambul auténtica, sin turistas, donde se respira el verdadero espíritu de la ciudad y la cultura musulmana. De toda la gente que estaba en el barco, sólo un chico francés y yo nos bajamos en Asia. Para mi, fue uno de los mejores momentos de este viaje. La primer tarde de mi vida en Asia fue increíble. Ver la vida en la calle, el alma de los barrios, las tiendas locales, el ramadán en Asia. La puesta de sol cayendo sobre el Bósforo y las miles de mezquitas que emergen del lado europeo de Estambul.

Nos sentamos en un bar con alfombras sobre el piso a ver el atardecer. Pensé “semejante momento tiene que ser coronado con una cerveza!”. Pues no, estaba en un país musulmán y si conseguir alcohol aquí resulta difícil, estando en la parte asiática, no turística, se podría decir que es casi imposible. Si bien mi cultura occidental me hizo pisar el palito, recibí con alegría esta negativa y adaptación a la cultura local. Definitivamente no necesitaba una cerveza para coronar un momento que ya era mágico. Esa mala fama que tiene el alcohol para el mundo musulmán, es algo que de inmediato me generó la sensación de una sociedad más sana, menos violenta. A unas cuantas sociedades occidentales les vendría bien copiar aunque sea un poquito de esto (siempre y cuando sea concientización y no prohibición, que no soluciona nada, sino empeora las cosas).
También probamos los auténticos dulces turcos con café turco, el mejor café que he probado en mi vida! ¿Ya había hablado de las golosinas del bazar de las especias? Pues preparense para estos postres. Decir que hay una fiesta de sabor en tu boca es una frase que aun se queda corta. Aun conservo esos sabores en mi boca, como si fuese ahora mismo. Hay de todos los colores, formas y tamaños, así que elegir es difícil. Tuvimos que probar unos cuantos, y fue la merienda más rica que comí jamás!

Estos primeros pasos en Asia fue aquello que andaba buscando en este viaje. Eso de lo que hablaba cuando empecé este relato. Y lo encontré. Pero ahora no lo quiero soltar. Salir de la alienada occidente. Entrar en un mundo de sensaciones nuevas. Un contacto directo con una cultural local auténtica.
Mientras estaba sobre esa alfombra, en ese bar, mirando como el sol se ponía sobre el lado Europeo, entendí que eso significaba algo más. Todo un momento simbólico en mi vida. Asia me estaba dando la bienvenida y me invitaba a quedarme. Pero no solo al continente, sino que me estaba abriendo las puertas a toda una nueva etapa en mi vida. A un nuevo mundo por descubrir. Un mundo que hace años lleva plantado en mi imaginario. Aquel primer viaje que soñé cuando decidí irme de Argentina. 3 años más tarde puedo ver como se pone el sol en occidente y empieza a salir a la luz este sueño oriental.

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