Estambul, de camino a Oriente (Parte I)

Por Macarena Iglesias Gualati

Luego de tanto viaje por el continente europeo, necesitaba algo así… algo que me saque de la ciudad occidental, adentrarme en el mundo musulmán y poner los pies por primera vez en terreno asiático. Y que mejor que Estambul para eso. El paso perfecto entre ambas culturas y ambos continentes.
Estambul no siempre fue conocida como Estambul. Bajo esta gran ciudad se oculta la antigua Constantinopla, que fue parte de distintos imperios, romano, latino, bizantino y otomano y cambió a su actual nombre en 1930. Aun emergen las murallas de la antigua Constantinopla a los extremos de la ciudad. Aun se ve el paso de los diferentes imperios, de tiempos más cercanos y más lejanos. Esa historia, su posición geográfica en el mapa, el paso de tan diversas culturas a lo largo del tiempo, hicieron de Estambul una de las ciudades más ricas, diversas y especiales del mundo.

Me hospedé entre la Mezquita Santa Sofía, la Mezquita Azul y la Mezquita Firuz Aga. O sea, que mi primera impresión de Estambul me dejó sin aliento. Una plaza imponente por donde la mires, o la oigas! Las tres mezquitas llamando al rezo al unísono. Realmente parecía, algo así, como un llamado de Dios.
Las mezquitas que rodean toda la ciudad son una verdadera obra de arte. Todas tienen el mismo estilo aunque no son así en todo el mundo. En Estambul todas copiaron el estilo de Santa Sofía. Ésta fue una iglesia hasta 1453. Con la llegada del imperio otomano, se convirtió en mezquita. Es una verdadera obra arquitectónica que se estudia como ejemplo de un edificio que comienza cuadrado y termina con formas circulares.

Mezquita Santa Sofía

Luego construyeron la Blue Mosque (el nombre oficial es Sultan Ahmet Cammi pero se la conoce popularmente como La Mezquita Azul por el color de los azulejos en su interior) a semejanza de la Santa Sofía, pero más grande, más imponente, para competir con los cristianos. Y a partir de ahí, todas las mezquitas de Estambul fueron construidas bajo el mismo estilo, siempre mirando a la Meca.

En las mezquitas no se pueden tener símbolos por eso no surgieron grandes pintores, pero si grandes artistas de la caligrafía. Se hicieron mosaicos con frases del Corán en Arabe, q es visualmente bello. Cinco veces al día las mezquitas convocan al pueblo a rezar y resulta realmente impresionante ver como el mundo parece detenerse en lo que es un acto sagrado e ineludible. Todo el mundo deja lo que está haciendo para acercarse a la mezquita más cercana. Hay tantas, tantas que nunca están demasiado lejos. Por lo que tampoco pierden mucho tiempo de sus labores para ir y venir. Un llamado y de repente una multitud se acerca, se lava los pies y entra descalzo a rezar. Pies, manos y cabeza caen en contacto directo con el suelo. Por eso la higiene resulta fundamental. Ese contacto directo de la piel con la tierra en ese momento tan sagrado es algo que me parecía bellísimo. Y es por esto que también son tan famosos por las alfombras. Si llegan tarde a la mezquita se tienen que quedar rezando afuera. Para no ensuciarse, llevan consigo una alfombra personal. Esta tradición los ha llevado a ser grandes productores de alfombras, de tantos colores, estampados y tamaños como cabe en la imaginación. Siempre que pensamos en la cultura arabe en algún momento aparece la alfombra. Como la alfombra mágica de Aladin! Y los turbantes! El tamaño del turbante simbolizaba la grandeza de su inteligencia.

“Ala es todo poderoso. Mahoma es su profeta. Hermanos, hermanas recemos. Es hora de recordar”. Esta es la frase que las mazquitas repiten 2 veces convocando al pueblo a rezar, 5 veces por día: al amanecer, mediodia, tarde, anochecer y noche. Aunque sólo un 10% de la población reza las 5 veces. No hay nadie que lo controle. Es algo entre vos y Dios. Las mezquitas se respetan entre sí. Cuando una hace el llamado las más cercanas hacen silencio, esperando su turno. La historia cuenta que Alá inicialmente pidió 40 rezos al día al pueblo musulmán pero fue Mahoma quien negoció con él y finalmente acordaron en 5. Quizá de ahi viene la tan famosa cultura del regateo que se escucha en cada puesto del gran bazar.

El Gran bazar lleva ahi ya más de 400 años y tiene 4000 tiendas. O sea, es el shopping mall más antiguo del mundo! Aun conserva cierta magia de antaño aunque mucho ha cambiado al día de hoy, sobre todo la transformación que ha sufrido con el turismo. Pero no puedo culpar a los turistas por ir, es un lugar de deleite para los ojos. Es un palacio de los objetos más diversos, las pashminas, alfombras, lámparas de Aladín y colores, cientos de colores amontonados en cada rincón. Es un paraíso para el acumulador de cosas y para el fanático de objetos curiosos. Y es la cuna de la venta y el regateo.

El Gran Bazar

El regateo es todo un arte. No se trata simplemente de bajarle el precio a un objeto que estaba previamente sobrevalorado con el fin de poder regatear. La conversación empieza como cualquier charla de dos desconocidos que se encuentran por primera vez. Pero atención! No es una charla inocente, toda la información que proporciones de tu vida dará un target al vendedor para definir el precio inicial del objeto deseado. Pero aun antes de eso, vas a probar el objeto, verlo desde todos los ángulos, vestirlo y vas a recibir mil halagos. “Ese objeto ha sido creado especialmente para ti”. Entonces si, ahi, hablemos de números. El objeto empieza a cotizar por un precio 4 veces mayor a lo que realmente vale. Si o si, hay que regatear. No es algo malo, es parte de la cultura desde hace siglos. Son unos genios de la venta. Te venden hasta a la madre! Incluso si te descuidas te pasean por todo el Gran Bazar de tienda en tienda comprando objetos y sacando comisión de las ventas que concretaron a sus colegas.

Y si como yo, sos una mujer caminando sola por allí, aprovecharán para hacerte llegar su número de teléfono también. No sólo en el Gran Bazar, en cualquier parte. En una bar o caminando por la calle. Una mujer (y aun más una mujer occidental) caminando sola por allí genera muchísima curiosidad. Gente mirándote, preguntándote y queriendo saber todo sobre vos, acompañandote y ayudándote si lo necesitas. Al empacar para irme de Estambul me sorprendió la cantidad de tarjetas que había coleccionado en esos días. Pero siempre con mucha amabilidad y respeto.

El bazar de las especias es más pequeño y menos turístico. Los aromas, sabores, texturas y colores que se experimentan allí son todo un llamado de atención a los 5 sentidos. Desafío a cualquiera a entrar a un puesto y lograr salir sin un paquete de hierbas y otro de dulces. He experimentado sabores, olores y texturas completamente nuevos. Tan intensos que daban ganas de simplemente cerrar los ojos y dejarse llevar por el olfato. Acercarse a ese aroma, descubrirlo a través del tacto y finalmente saborearlo. Abrir los ojos, por fin, y descubrir dulces a montones con lunares multicolores. Tanta era la magia que me sentía niña otra vez atrapada en la casa de Hansel y Gretel.

El Bazar de las especias

Y como si todo esto fuera poco, Estambul no se agota nunca. Entre sus miles de mezquitas está la Süleymaniye, que es la más grande; la Cisterna de Basilica, el palacio de Topkapi, construida sobre las ruinas del antiguo imperio bizantino y el nuevo palacio de Dolmabahçe, la torre Gálata, el Bósforo, el cuerno de oro… Y sin querer, llegué en Ramadán y Estambul era una verdadera fiesta nocturna…

¿Querés saber como es Ramadán en Estambul? La historia continúa en la parte II….

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